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Aún recuerdo, y por suerte para mi, cuanto me hablaba mi abuela de sus tiempos, de aquellos tiempos. Esos donde las mozas iban tapadas hasta los tobillos, con enaguas muy blancas almidonadas y sus cabezas de pelo negro muy tirados atrás. Esos donde la mayor diversión era una fiesta por bulerías, cantar y bailar en medio de la calle, en el patio, o en la gañanía; lugar donde se daban cita tantas vivencias después de la larga jornada del día, cuando el azote del trabajo duro del campo solo podía ser aliviado por el agua fresca y el arte, el arte de esos gitanos y no gitanos, que a veces te quitaban hasta el hambre, cosa que se agradecía por aquel entonces; aunque sus festines también lo hacían digno de celebrar, sopas de tomate, un ajo, y todo esto servido en grandes lebrillos, donde todo aquel que gustara asomara su cuchara. Realizando así de forma espontanea una gran comunidad. Comunidad entre familias que parecían una misma, y de ahí el amor, que mejor ambiente para el amor?. Dos mozos se gustaban, se pretendían y al final, los hombres, o como en el caso de mi abuela, la mujer más vieja; y ya con título de "Tía", daba el sí. Y de nuevo, motivo de fiesta.
Es este mi homenaje y mi agradecimiento a una mujer que tuvo que seguir adelante sin su marido, sin el patriarca. Gracias a ello mis padres se unieron, y hoy puedo estar aquí para bailar sus VIVENCIAS.
Antonio El Pipa |
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